Vivimos rodeados de opiniones empaquetadas y listas para consumir, como yogures del supermercado. En packs indivisibles.
Estamos en la era de los titulares sensacionalistas y polarizantes. No es que el sensacionalismo y la polarización nacieran con las redes sociales. Nacieron mucho antes de que existieran las pantallas, antes incluso de que naciera la imprenta. Lo inquietante es que ahora adoptan la forma de contenido atractivo, casi irresistible, llamando nuestra atención a cualquier hora, nos venga bien o mal, nos pille enérgicos, reflexivos o cansados.
Quienes se valen de esta clase de titulares saben que es de vital importancia agitar nuestras emociones, ya que cuando se activa una fuerte emoción, rara vez hay análisis. Como consecuencia de estas prácticas, el ecosistema que conforman los medios de comunicación y las redes sociales premia a quien alcanza nuestras vísceras antes que la competencia y consigue sacudirlas con fuerza, anulando la posibilidad de que exista cualquier atisbo de reflexión.
Por eso, con frecuencia percibimos que el ánimo del contenido informativo no es tanto ayudar a comprender lo que pasa, sino instalar eslóganes y consignas en nuestra mente. Eslóganes que creemos propios, como nacidos desde nuestra más pura libertad de opinión, y que repetimos tantas veces que acaban entrando en la esfera de nuestras verdades absolutas e irrefutables.
El resultado está a la vista cualquier día en las secciones de comentarios sobre política, sucesos o actualidad. Casi todo el mundo está diciendo lo que piensa, pero pocos se preguntan si han pensado realmente lo que dicen. Y menos aún si esos pensamientos son verdaderamente suyos o los han comprado, en formato pack, a su periodista o influencer de cabecera.
Pensar con criterio es uno de los ejercicios intelectuales más exigentes que existen. Es algo más que adoptar una opinión ajena y dispararla a ráfagas cada vez que se presente la oportunidad. Pensar con criterio es darnos cuenta de nuestros propios reflejos mentales, sospechar de nuestros juicios automáticos, conocer nuestros sesgos psicológicos (no digo combatirlos, digo conocerlos). Es soportar la incomodidad de no tener ni la más remota idea sobre un tema y tener el valor de no decir nada, cuando los demás están vomitando opiniones. Y también es detenerse, reflexionar, resistir el impulso de hablar desde la emoción y elegir las palabras con conciencia.
Antes de hacer propia una idea, no está de más preguntarse qué pruebas la sustentan, qué evidencias podrían refutarla y, sobre todo, cuánto de nuestra identidad depende de que esa idea sea cierta.
Y cuando ya lo tienes todo, aún queda la parte más difícil.
Aceptar que, a veces, estábamos equivocados.
Por algo el título dice: «pensar con criterio no es fácil».
En mi mundo, el militar, uno debe tomarse todo esto del criterio más en serio de la cuenta. Una decisión mal tomada no genera un simple malentendido, sino que puede llegar a costar vidas. Por eso planeamos con meticulosidad, estudiamos los posibles escenarios y evaluamos las distintas líneas de acción.
Y entonces, solo entonces, actuamos.
Claro está que el criterio tampoco consiste en esperar una certeza imposible. Más bien se trata de decidir con la mejor información disponible (spoiler: nunca será toda la que te gustaría tener) y corregir el rumbo cuando la evidencia lo esté demandando.
Pensar con criterio no es cómodo, ni una práctica que habitualmente se enseñe en los colegios. Pero, tal como está el panorama hoy en día, es una forma de resistencia a la mediocridad.
Y, a mi juicio, también es una forma de servicio.
Ahora te dejo una pregunta incómoda.
¿Tus ideas son tuyas o las compraste en pack porque te gustó el envoltorio?

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