Esta mañana, tomando café bajo un día soleado pero nuboso; de esos en que te olvidas de que estás en agosto, aunque sigues en agosto; de esos en que parece que va a llover, y huele a petricor; estuve rememorando una ocasión (una de tantas) en que tuve que tomar una decisión difícil bajo presión, con poco tiempo de margen y sabiendo, con toda certeza, que no dejaría a todo el mundo satisfecho.
-¡Tierra, trágame!- Pensé. -No quiero decidir esto. ¿No lo puede decidir otro?- No, no podía. Tenía que hacerlo yo, porque era mi responsabilidad. Una responsabilidad por la que me pagaban.
Y lo hice. Con calma. Aceptando que hacer lo que considero correcto no siempre (de hecho, casi nunca) es lo más cómodo. Enfadaría a algunos si tomaba una dirección, y enfadaría a otros si me decantaba por la dirección opuesta. Y ninguno de ellos sabría nunca que decidí bajo presión, sin tiempo, y con un limitado abanico de opciones que venía ya impuesto de arriba. Los días venideros, me criticarían en el descanso del desayuno, y en la barra del bar. Sin más.
Bebí un sorbo de café, satisfecho ante este recuerdo que había irrumpido, sin permiso, ese momento tan especial. Porque aquel día decidí con información imperfecta, y eso es una responsabilidad de las que mucha gente no quiere asumir, y de las que entrenan el carácter.
Y otra cosa que entrena el carácter es aceptar, con valentía y con calma, que otros juzgarán el resultado sin conocer las cartas con las que te tocó jugar.
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