Me presento, soy un capitán de las Fuerzas Armadas que tomo la decisión de fundar el movimiento Ciudadano de Élite.
No llegué a la vida adulta con la claridad que me habría gustado. Llegué con tropiezos y con una cantidad indecente de ingenuidad que el tiempo se encargó de limar. Ser soldado me enseñó muchas cosas importantes, pero sólo la observación y el paso de los años me revelaron la lección más dura: una persona sin criterio propio no es inofensiva. Es un arma cargada en manos de cualquiera. Y cuando alguien renuncia a pensar por sí mismo, siempre aparece otro dispuesto a hacerlo por él.
He servido en diversas unidades, he participado demasiado tiempo en operaciones militares fuera de nuestras fronteras, y he tenido la oportunidad de instruir a militares que entrarían en combate semanas después de despedirnos. He visto a hombres temblar antes de tomar decisiones que marcarían su vida. He visto a otros sostener una situación crítica con demoledor temple. Y he aprendido que, cuando todo se tambalea a tu alrededor, no te sostienen los galones, ni las palabras bonitas. Te sostiene tu carácter. Y si no lo has construido antes, ya es tarde.
En el Ejército, y fuera de él, descubrí un patrón que se repite demasiadas veces: la mayoría rehúye la responsabilidad, se esconde detrás del grupo y delega su juicio en otros. Prefieren la comodidad a la verdad, la queja al esfuerzo, la moral blanda al honor. Ese patrón se contagia como un virus y se propaga como un incendio en un bosque. Y como el fuego, obedece sus propias leyes: es indiferente a tu cansancio, a tu ira o a tus buenas intenciones. Puedes indignarte cuanto quieras; sin estrategia, te consumirá exactamente igual que lo haría el fuego frente a tus gritos.
Yo mismo fui devorado por mis errores más veces de las que me gustaría admitir. Y por eso hablo con la crudeza con la que hablo, porque sé lo que cuesta mirarse al espejo y no poner excusas. Sé lo que duele ver la parte cobarde, la parte cómoda, la parte que uno oculta incluso a sus seres queridos. Pero también sé cómo se reconstruye un hombre desde ahí. No con frases motivacionales ni con autoengaños, sino con principios, trabajo silencioso y disciplina.
Ciudadano de Élite nació de la constatación amarga de que vivimos en una sociedad que ridiculiza la exigencia, aplaude la fragilidad y mira con recelo a cualquiera que se niegue a agachar la cabeza. No pretendo enseñar a nadie a ser perfecto. Quiero enseñar a dejar de ser maleable, a dejar de ser plástico, a dejar de ser uno más.
Habrá quien escuche el nombre «Ciudadano de Élite» y piense en arrogancia. Dejaré que sigan pensando eso. Quien entiende sabe que esta élite no es de sangre ni de dinero. Es una élite de carácter, de temple y de pensamiento crítico. Es una élite que se construye a pulso, acción tras acción, sin posibilidad de atajos ni trampas.
Yo no soy el ejemplo perfecto de nada. Soy alguien que falló lo suficiente como para entender que los avances decisivos, en la propia vida y en el entorno, llegan cuando uno se impone un estándar que la mayoría considera excesivo. Cuando el honor guía incluso en ausencia de testigos. Y cuando pensar por cuenta propia deja de ser motivo de vergüenza, aunque el precio sea no encajar.
Este proyecto no está hecho para todos. No quiero que lo esté. Está hecho para quien reconoce que la mediocridad es una epidemia y se niega a dejarse contagiar. Para quien ha decidido cargar con la responsabilidad de ser mejor, aunque el mundo prefiera que siga dormido. Para quien entiende que un hombre o una mujer no se mide por lo que dice, sino por su actitud cuando todo se tambalea.
Si has llegado hasta aquí, quizá formes parte de esa minoría.
No lo sabremos hoy, ni mañana.
Lo sabremos cuando te encuentres sólo ante la exigencia.
Y cuando la superes sin anunciarlo.
