Hablemos de actuar con honor cuando nadie observa.
He tenido la oportunidad de conversar con militares que han estado en combate real. Muchos de ellos coinciden en algo que nunca olvidaré: cuando todo puede venirse abajo en cuestión de segundos, no te salvan los galones de tu pecho, ni los discursos. Te salva el carácter. Y el carácter, o lo construiste antes… o ya es tarde.
Ese tipo de frases parecen sacadas de un libro. Pero no. Salen de quien lo vivió. Y cuando escuchas eso de alguien que ha estado ahí, entiendes que una virtud como el honor no puede improvisarse ni fingirse, ni aparece por inspiración. El honor se cultiva en las acciones cotidianas; cuando eliges lo correcto, aunque también tenías a mano lo cómodo.
Y se pone a prueba cuando no hay cámaras, ni jefes mirando, ni aplausos, ni likes.
En mi vida profesional he conocido soldados discretos cuya mera presencia me inspiraba confianza en que todo iba a salir bien, oficiales que exigían sin humillar, suboficiales que sostenían con maestría una situación tensa desde el temple y con un control absoluto de sus emociones.
Y también he visto una unidad mantenerse cohesionada y comprometida no solo por la existencia de una norma, ni por el miedo al castigo, sino por algo más profundo: el ejemplo invisible de unos pocos. Ese ejemplo que se contagia, que no necesita justificarse, que te enseña a actuar con honor aunque nadie lo vea, porque quien lo ve eres tú.
No escribo esto como alguien que siempre lo ha hecho todo bien. Más bien escribo como alguien que ha cometido errores, ha aprendido de ellos y se ha prometido no volver a fallarse a sí mismo. Porque el verdadero peso del honor no está en no equivocarse nunca, sino en no rendirse ante la versión más cómoda de uno mismo.
Me han llegado a preguntar si creo que el honor tiene sentido en un mundo que persigue lo inmediato y ridiculiza lo correcto.
Y mi respuesta es sencilla.
Precisamente por eso. Porque cada vez hay menos, quien aún lo mantiene… no es un ingenuo.
Es un último bastión.


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