Hay algo profundamente incoherente y trágico en el ser humano. Pretendemos construir un imperio de éxito sobre un puñado de barro y ruinas. Anhelamos dirigir empresas, liderar equipos y acumular dinero y reconocimiento mientras descuidamos la calidad de nuestro sueño, bebemos poca agua, comemos mal y deprisa, apenas nos movemos, vivimos tensos y llegamos a casa exhaustos, convencidos de que el tiempo de descanso es una derrota de nuestra ambición.
Tarde o temprano, el imperio se hundirá, y con él todas nuestras horas de dedicación, todos nuestros esfuerzos y desvelos. Y aunque nos esforzáramos en culpar al arquitecto por su poca profesionalidad, o al proveedor del material, por la mala calidad de la piedra, tarde o temprano habríamos de aceptar que la causa está en la podredumbre de nuestros cimientos.
Independientemente de la cantidad de unidades de ambición que despleguemos, jamás diseñaremos la arquitectura de vida que se requiere para construir una carrera meteórica, una marca personal exitosa, un cuerpo atlético o una fortuna respetable, mientras despertemos cada día en una habitación sin ventilar, con dolor de espalda desde hace años, unos analgésicos en la mesita de noche, un corazón acelerado por la ansiedad y un cerebro intoxicado de videos de 30 segundos, en los que un influencer nos dice que debemos odiar mucho a alguien, o donde un ucraniano es ejecutado después de rendirse.
Nos hemos dejado convencer de que la disciplina es solo para los deportistas, y el autocuidado, para los débiles. Que basta con resistir, con aguantar un día más. Pero la resistencia sin descanso, aunque nos la hayan vendido como fortaleza, es autodestrucción a cámara lenta. Mientras tus cimientos sean de papel, no importa lo alto que sueñes, todo se vendrá abajo en cuanto sople la primera ráfaga de viento.
Es muy de mediocres vivir en el autoengaño que supone creer que uno puede sostener su castillo de logros con café, estrés y ansiedad.
Vivimos en esa cultura mediocre que idolatra la apariencia del éxito pero desprecia su biología. Que celebra el sacrificio vacío y ridiculiza el descanso. Que envidia los resultados y desprecia los rituales que los hacen posibles. Una sociedad así fabrica ciudadanos de cristal que juegan a imitar a los gigantes mientras se pudren por dentro.
Una mente de élite, en cambio, entiende que el verdadero lujo es tener energía, salud y claridad mental para comprender, decidir bien y, a la larga, construir algo digno de ser construido. La mente de élite protege su sistema nervioso como otros protegen su patrimonio, y es conocedora de que dormir, hidratarse y moverse son estrategias ganadoras. No se sabotea con hábitos que luego intenta compensar con fuerza de voluntad, porque sabe que la voluntad no puede sustituir a un sistema bien diseñado.
No hay épica en dejarse morir lentamente mientras uno juega a ser exitoso.
Antes de levantar un imperio de abundancia, hay que construir una base de bienestar. Nadie que esté permanentemente cansado puede pensar con lucidez ni actuar con honor. El éxito real no se edifica sobre el agotamiento, sino sobre la armonía entre cuerpo, mente y propósito.
Quien aspire a la grandeza debe primero dejar de tratarse como un enemigo.
Fortalece primero lo invisible. Solo entonces, lo visible tendrá sentido.


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