Me he equivocado mucho en la vida, tanto en lo profesional como en lo personal. Eso me ha llevado a reflexionar profundamente sobre la naturaleza del error, así como a preguntarme por sus causas y cuál sería la postura más honorable frente a sus consecuencias.
Y he concluido que somos seres humanos, y que eso nos convierte en imperfectos. Cometemos errores. Todos y cada uno de nosotros. Algunos de estos errores apenas alteran el curso de un día. Otros dejan una deuda, una lesión, una relación dañada o una herida que tarda años en cerrar. En definitiva, casi todos, de una forma u otra, traen consecuencias.
Equivocarse no es necesariamente indigno, independientemente del juicio que puedan verter otros frente al error cometido. El hecho de no haber obrado con mala intención importa, como también importan el daño causado y el deber de responder por él.
Especial mención merecen la negligencia, la imprudencia y esa clase de decisiones que tomamos sabiendo, en algún rincón de la conciencia, que no son las correctas. Y digo que merecen especial mención porque el orgullo a veces no nos permite reconocerlas. Estarás de acuerdo conmigo en que mucho menos nos permitirá repararlas.
La dignidad, entonces, no va de caminar por la vida sin equivocarse. Más bien intuyo que consiste en decidir qué clase de persona seremos después del error.
La verdad es que llegamos a este mundo muy verdes, sin comprender sus reglas. Aprendemos a vivir observando a nuestros padres, profesores, amigos y referentes. Todos ellos bienintencionados, sin duda, pero tan humanos e imperfectos como cualquiera. A eso se añaden nuestra biología, temperamento, miedos, necesidad de aceptación e infinidad de factores que influyen en nuestra conducta.
No elegimos todas las fuerzas que nos trajeron hasta el punto en el que nos encontramos. Puede que nadie nos enseñara a autorregularnos. Puede incluso que creciéramos rodeados de personas que confundían disfrutar de la vida con ignorar consecuencias y aplazar facturas.
Pero desde el mismo instante en que nos dimos cuenta de que esas fuerzas existen, comenzó nuestra responsabilidad.
Y es que comprender por qué actuamos como actuamos puede ayudarnos a no repetir un comportamiento, pero no convierte en inocuos sus efectos. En este sentido, la explicación nos permitirá conocer el origen del error, pero es nuestra responsabilidad la que deberá hacerse cargo de qué hacer con el resultado.
Algunas consecuencias son inmediatas y claramente visibles. Otras son más silenciosas, aparecen con retardo y se van acumulando mientras nosotros seguimos campando a nuestras anchas plenamente ajenos.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que pide un préstamo para disfrutar de la sevillana Feria de Abril como Dios manda. Durante unos días le sobrarán los billetes, podrá invitar a rebujito a todo aquel conocido que se cruce en su camino y recibirá, con toda probabilidad, una generosa dosis de aprobación social. Después llegarán las cuotas. Cada mes en el que tenga que apretarse el cinturón, no pueda darse un pequeño capricho, comprar un regalo de cumpleaños o afrontar un imprevisto, seguirá pagando esa decisión pasada.
La mayoría somos capaces de intuir las consecuencias inmediatas de nuestra decisión, pero solemos aceptar ese coste cuando es solo teórico y aún no está pesando sobre nuestra espalda, y a cambio tenemos una promesa de placer inmediato que vemos muy presente.
Y cuando las consecuencias dejan de ser teóricas y se presentan ante nosotros, algunos reaccionamos con negación, excusas, búsqueda de culpables y el intento de reinterpretar lo sucedido para preservar la imagen que teníamos de nosotros mismos. Y otros nos castigamos sin medida y nos convencemos de que sufrir mucho durante el suficiente tiempo es una forma justa de reparación.
De hecho, es tan habitual ver gente aferrada a la culpa… Parece que les proporciona alivio de conciencia, o la falsa ilusión de que están pagando por lo ocurrido. Nada más lejos de la realidad. Pagar por lo ocurrido es afrontar la tarea mucho más incómoda de reparar el daño, cambiar nuestros hábitos o aceptar la pérdida que se haya ocasionado, si es que la hay. Recuerda que no hay cantidad de desprecio hacia uno mismo que devuelva el dinero perdido, cure la lesión o reconstruya la relación.
La salida más digna es comprender y perdonar sin declararse inocente, ni negar los hechos ni reducir nuestra responsabilidad. Es reconocer que hicimos algo mal sin concluir que todo cuanto somos queda reducido a ese acto.
Hicimos lo que hicimos porque, en aquel momento, entendíamos la vida de determinada manera, carecíamos de ciertas herramientas o permitimos que el miedo, el deseo o la necesidad de aprobación gobernaran nuestra conducta.
Incluso puede que entonces supiéramos que estábamos obrando mal y lo hiciéramos de todos modos. ¡Reconozcamos entonces que fuimos débiles! Miremos nuestra debilidad de frente y aceptemos que esta vez fue más fuerte que nuestro criterio. La próxima vez lo haremos de otra manera. Prométeselo a tu yo del futuro. ¡Eso es honor frente al error!
El error es el maestro que te enseña lo que antes ignorabas, o te hace comprender en profundidad lo que antes solo conocías en teoría.
¿Que ese aprendizaje tuvo un precio? Sí, lo tuvo. Puedes despreciarte por haber tenido que pagarlo, o procurar no haberlo pagado en vano.
Y ahora que nos hemos concedido la oportunidad de cambiar, debemos hacerlo creíble. Para nosotros y para los demás. Eso solo se puede conseguir a través de la conducta. Si te comportas igual, o parecido, ni tú mismo te vas a creer.
Una organización madura como podría ser el Ejército, un equipo de gobierno, una empresa multinacional o tu medio de comunicación favorito, después de un incidente, intenta averiguar qué ocurrió, contener los daños y evitar que vuelva a suceder. No obstante, si existe la cultura de convertir la investigación en un linchamiento, las personas aprenden a ocultar sus errores. Y si un error es seguido de un cúmulo de excusas, nadie aprende nada. Con nosotros mismos debería ocurrir algo parecido. Necesitamos examinar lo sucedido con honestidad, sin falsificar los hechos, pero también sin destruir a la persona que deberá aplicar las lecciones aprendidas.
No tratemos de salir inocentes en los informes. Aceptemos las consecuencias con honor, llamando a las cosas por su nombre, reconociendo nuestra parte de responsabilidad y pagando el precio que legítimamente nos corresponda.
Pero aceptar en ningún caso significa permanecer inmóviles.
Imagina que una decisión financiera nos ha dejado a ti y a mí endeudados. La hemos liado. Ahora podemos lamentarnos durante años y llorar por las esquinas. Cuando lleguemos a casa podemos decir a todos que no valemos para nada, y sentir alivio por ello. Eso no es asumir las consecuencias. Pero ¿qué tal reorganizar nuestros gastos, cortar el grifo que alimenta el problema y cumplir a rajatabla el plan de devolución de la deuda? A mí me suena mejor. Al igual que si sufrimos una lesión después de haber entrenado con imprudencia, no vamos a sacar pecho y considerar el dolor una merecida penitencia, sino que vamos a buscar un buen diagnóstico, seguir la rehabilitación prescrita y reformular nuestra manera de entrenar.
La primera consecuencia hay que afrontarla con cabeza alta. No queda otra. Pero impedir la segunda consecuencia, la tercera y un caprichoso etcétera dependerá de si aceptamos la nueva realidad o si seguimos con los ojos vendados y oponiendo resistencia.
Habrá daños que podamos reparar, otros que solo podamos reducir. Habrá personas que nos perdonen, otras que se alejen de nosotros. Igualmente haremos lo correcto durante el tiempo que dure la nebulosa de incertidumbre, dentro del margen de actuación que todavía conservemos, aceptando con serenidad aquello que ya no está bajo nuestro mando.
Es importante gozar de criterio para no atribuirnos toda desgracia que nos alcance. No tenemos por qué merecernos todas las consecuencias que sufrimos. Y que pase algo malo no significa que alguien haya hecho algo mal. Vivimos en contextos complejos, rodeados de azar, decisiones ajenas y circunstancias que no controlamos. Reconozcamos la parte que nos corresponde, sin reducirla, pero también sin ampliarla hasta convertirnos en la envidia del mismísimo Lucifer. Eso es responsabilidad individual. Ni más ni menos.
Quizá hayas tomado una decisión cuyas consecuencias todavía estás pagando. Puede que te cueste aceptar que fuiste tú quien la tomó. Estoy seguro de que, si pudieras regresar a aquel momento con lo que sabes ahora, actuarías de otra manera. Pero eso no se puede hacer. El pasado permanece fuera de nuestro ámbito de control.
Lo que sí se puede hacer es aceptar las consecuencias que legítimamente te correspondan, trabajar para reducir el daño que todavía pueda evitarse y reparar lo que esté en tu mano. ¡Y no consideres cobarde ni egoísta perdonarte! Recuerda que no estás condenado a seguir siendo la misma persona que lo hizo. El error ya se cobró su precio y te regaló un aprendizaje. Ahora sal ahí fuera y aplica lo que has aprendido.

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